martes, 2 de octubre de 2018

EL RETORNO DEL RATÓN RAMPANTE

Privatizando la opinión pública

Ni la política es una ciencia exacta. Ni las encuestas son infalibles. La política es todavía un arte. La ciencia política estudia la política como forma de relacionar sociedad y poder, el ejercicio del poder en tanto gobierno, sus instituciones, y en ellas la manera como se accede (y se conserva) el poder (tradicionalmente los partidos políticos), todos formando el Estado, el sistema político y la dinámica de estos con la sociedad donde encontramos a los ciudadanos y ciudadanas. La presencia de la ciudadanía garantiza la existencia de lo político, su dimensión social e individual, a partir de sus comportamientos y la interacción de estos individuos,  por supuesto, en la expresión de sus intereses. En medio de estos, la cultura política genera identidad y orienta el comportamiento individual  y de los grupos sociales. En este  proceso de relación y discusión de temas y problemas que afectan la vida social, surge la opinión pública, mediada por aquellos espacios donde se delibera, concerta y decide. 
 La opinión pública debe, desde estos espacios, fluir libremente, expresando a través de sus acciones, los intereses generales de la sociedad. Dentro de este mismo proceso surgen los medios de comunicación que amplifican y influyen en estos procesos, pero que no deciden en lugar del ciudadano ni reemplazan los espacios públicos. Sin embargo, los medios de comunicación han visto acrecentados en su poder, respondiendo no a las funciones informativas y de difusión desde y para la sociedad de donde procede la opinión pública, sino mas bien informando de acuerdo a sus intereses económicos y políticos, dejando de ser medios para estos propósitos y expresando el interés privado de sus propietarios y no el interés de la ciudadanía.
A estos se pueden sumar las empresas privadas dedicadas a realizar encuestas de opinión pública. Su función es informar sobre las tendencias percibidas o recogidas de la opinión ciudadana, pero que han devenido en convertirse en una suerte de oráculo, fuente indiscutible e inequívoca de lo que sucederá en el futuro político, haciendo de la predicción no la identificación de tendencias sino un anticipo de eventos inexorables.
Si el origen de la opinión pública proviene de la deliberación y decisión ciudadana,  los medios de comunicación y las encuestadoras, en la actualidad, vienen usurpando el lugar de los espacios públicos ofreciendo, en su lugar, una subrepticia reelaboración del sentido ciudadano, que termina por hacer de lo público un terreno adulterado, una grosera manipulación, un espacio privatizado por intereses mezquinos que en lugar de informar y difundir, direccionan y manosean a favor de sus particulares propósitos políticos y económicos. 
Esta anomalía se puede ver en la burda expresión de titulares, en la línea editorial y artículos tendenciosos, en la adquisición de voceros periodísticos que terminan por reemplazar la voluntad y opinión proveniente de la sociedad, por un discurso ajeno, elaborado en consonancia a su visión estrecha y segada.  Igual suerte corren las encuestas y sus resultados, una absoluta perversión de los métodos y técnicas de la investigación social para manipular cifras y amañar tendencias que crean realidades próximas y encubiertas, donde se dice lo que supuestamente expresó como opinión el ciudadano informante, y donde lo recogido es reelaborado con la intención de mostrar una realidad amañada, de utilidad para orientar de acuerdo a sus fines o los de sus clientes ocasionales, la opinión ciudadana termina tergiversada y redireccionada, trastocada en su sentido, para concluir respaldando opciones fabricadas por otros, como si fuera su propia elección.  
La solución no pasa por suprimir los medios de prensa ni cancelar a las empresas dedicadas al mercadeo social, sino a transferir a los ciudadanos una función evaluativa o de control social, una veeduría o espacio de vigilancia de estos espacios que aun privados, deben de cumplir con el interés general, y no sólo con los egoístas intereses de su propio bolsillo.

ELEPÉ